Mi primera aparición en el Café Kubista será de personaje secundario y discreto en un texto de Enrique Vila-Matas. Allí mostraré una actitud extraña: la mirada recta, la espalda un poco inclinada, las manos cruzadas, oscilando como renco, de un lado a otro, a trompicones.

Mi segunda aparición en el Café Kubista será el paso indeliberado en unas declaraciones de Enrique Vila-Matas a La Vanguardia. Será cierto que a veces, cuando menos te lo esperas, aparece alguien con un llavín o a una ganzúa dispuesto a abrir el baúl y mostrar los muertos.

Y en mi tercera y última aparición en el Café Kubistaya seré yo. Apareceré como la estrella invitada. O quizá el anfitrión. Emergerán recuerdos minuciosos del reloj conjetural mientras se pliegan los días sobre sí mismos, se pliegan y se encogen hasta un punto en el que todo merece contarse, aunque no tenga sentido.

Escribiré entonces que no hay nada más allá de lo invariable,  que no existe un botón de pausa, un resquicio atemporal en el calmoso devenir del óbito.

Se tratará, no hay duda, de ser. O de estar. O, si acaso, de aparecer.

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13 agosto, 2012

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