—Buenas tardes, caballero.
—Buenas tardes, cabo.
—Sargento literario, si no le importa.
—Claro, cabo, lo que diga su sargento.
—Documentación.
—Lo siento, no tengo redes sociales. Sé que siguen ahí, pero no contribuyo. Cuando quiero saber algo de alguien (Germán Ynoub, Patricia Millán, Mónica Basterrechea, Santiago Pérez, incluso de Mortuenga), verá usted: yo practico la visita digital.
—No me cuente milongas, caballero, escuche con atención: el permiso de conducción de letras, el permiso de circulación de frases, la tarjeta de características narrativas, el informe favorable de la Inspección literaria…
—¡Ah! Pues menos mal porque no tengo seguro reseñista…
—¿Que usted escribe sin seguro?
—Precisamente es lo que trato de evitar, los seguros, la gente se asegura enseguida, oiga, o peor, previenen las consecuencias desfavorables de un riesgo y luego se quedan pensando.
—Claro, y usted escribe sin pensar
—No, no, mi grandeza también es de pensar. Los días que me viene.

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3 julio, 2015

Comentarios

Que irresponsable. Andar por ahí sin seguro. Después vienen los accidentes, las comas por cualquier lado, los acentos olvidados y los puntos y comas desordenados. Eso por no hablar de contradicciones, oximorones y diéresis en apellidos raros. Ahí está, el irresponsable que borronea páginas pulcras y en blanco, ahí va, sin seguro, pero con ideas, eso si.

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