En respuesta (tardía) a Manuel Mistral.

 

—¿Te lo puedes creer?

Manuel no se lo podía creer. Blanco blanco colgó el teléfono y se quedo pensando. ¡Azkona en el frenopático! Madre mía. Azkona, su Azkona, el de mejor mejorar, el escritor en minúsculas, el periodista de acción, la cara y el culo de la literatura. Falto de aire, por momentos menguado y enflaquecido, dejó de pensar. Las situaciones difíciles se vuelven más difíciles si se excluyen los pequeños detalles que pueden ayudar. Por ejemplo, ¿cuánto hacía que no daba cien pasos seguidos? Caminar por Barcelona puede ser una oportunidad para la contemplación, todo el mundo lo sabe.

Cien pasos después, ahogado por la distancia y sin filtro nasal de partículas (la clase media media se baña, generalmente, en un mar de mentiras), Barcelona alumbró en Manuel, de repente, como un lugar absurdo y desolador. Lentamente dejó atrás el Ministerio del Tiento; la Oficina de Intereses; el Servicio de Revelaciones; la Delegación de Parcialidad; el Negociado de Equilibrios; las agencias de Desinformación (la grande, la mediana, la pequeña). Dejó atrás el fulgor vespertino de los empleados y las bolsas de plástico con logotipo de supermercado de los liberados sindicales. Y cuando no pudo más, se paró. Tenía que comprobar la noticia con sus propios ojos. Al fin y al cabo, Alejandro Azkona había sido su alumno, un alumno iluminado, pero un alumno.

De visita en el frenopático, seguía cansado. Caminar no era un ejercicio, era una tortura: mejor no demorar nunca las cosas, mejor viajar de pasajero ordinario en un automóvil de línea regular condicionada, como siempre. Y mientras esperaba frente al departamento de Formulismos, pensó que la palabra iluminado tampoco era la palabra más adecuada para definir a un alumno. Al contrario, Azkona siempre había seguido sus consejos al pie de la letra, de una forma tan estricta que no advertirle del maldito temblor de los límites fue una necedad, un disparate y un  error mayúsculo. Gracián decía que la costumbre disminuye la admiración, y una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida. Eso, en Azkona, no se cumplió.

Firmó el libro de registro, aceptó las normas burocráticas del centro y una enfermera lo condujo hasta una pequeña habitación de paredes acolchadas y escaso mobiliario (una mesa, una silla, un diván) situado en la parte de atrás de la clínica, junto a los jardines, o junto al jardín, pues la ventana era pequeñita y las rejas apenas dejaban entrever unos árboles, o unos arbustos, y al fondo otro pequeño pabellón, esta vez sin ventanas. Al rato la puerta se abrió y apareció Alejandro Azkona. Manuel fue el primero en hablar. Preguntó:

—¿Qué haces aquí?

—¿Y tú?

—Venir a verte, una visita siempre es de agradecer, supongo.

—Venir a verme, una visita siempre es de aborrecer, supongo.

Azkona no controlaba el sentido de la vista. Miraba en todas direcciones menos en una, la de Manuel, que a su vez subía y bajaba la cabeza, como queriendo atrapar un trozo de mirada o un golpe de vista o un mínimo de atención, pero en vano, el alumno de la mente brillante era ahora un cuerpo en trance de inconexión. Manuel insistió:

—Que qué haces aquí, coño.

—El frenopático es un lugar donde vivir. A la gente como tú puede parecerle un lugar difícil, pero para los que venimos de la luna de Valencia es el lugar idóneo donde encontrar la paz de la estratosfera. Mi estratosfera una esfera interior y una esfera de mierda.

—Definitivamente te has vuelto loco. Y no digas que no te avisé.

—Sí que me avisaste. Me-avisaste. No escribas infamias, no redactes sucesos, no siembres cadáveres, no defiendas lo indefendible, no mates gallinas.

—Porque siempre lo sospeché. Cuando una persona tiende a operar con una grandiosa conducta, con una actitud pretenciosa, con un apetito insaciable y una tendencia al sadismo literario, solo hay que sumar. Dos y dos son cuatro, Azkona. Tu falta de temor era probablemente tu mayor temor. Resultaba difícil pensar en ti como si fueras un vehículo de alta velocidad con los frenos inmaculados.

—Yo no soy ningún demente, Manuel, yo soy el iluminado que va a escribir una novela para estampártela en la cara, una narración en prosa que cuente una grandiosa historia de ficción con un desarrollo inverosímil en cuanto al argumento y los personajes, o no, fíjate, mucho mejor, yo voy a escribir un libro de cuentos, eso es, un libro de cuentos, yo voy a rizar el rizo de los libros de cuentos, con el dedo índice trazaré una graciosa espiral sobre mi coronilla, logrando en el acto un rizo espectacular y con posterioridad un enredo o nudo, que no es más que un libro de cuentos, varias historias de ficción con un reducido número de personajes, unas intrigas poco desarrolladas, unos clímax, unos desenlaces finales, cosas que se dicen y que no se ajustan a la realidad, algo que se inventa con el propósito de causar admiración o envidia, una puta mierda de las letras letras, cierto, pero un libro de cuentos, un libro flaco, somero y fácil de arrojar en un cubo lleno.

—Madre mía, estás fatal.

—Solo soy un redactor absorbido en sí mismo, sin conciencia ni sentimiento alguno hacia los demás. Manuel: las reglas sociales no ya tienen ningún significado, todo el mundo está rodeado de personas absurdas sin siquiera saberlo. De ahí que existan los malos y en su defecto los buenos, como tú, o como yo.

—Pues a mí tus palabras me traen a la mente imágenes de individuos sádicamente violentos. Ted Bundy, Charles Manson, Robledo Puch, Albert Fish o la señorita Erzsébet Báthory, obsesionada por la belleza y por mantener la juventud. La demencia cubre un segmento mucho más amplio de personas de lo que la mayoría de nosotros podría llegar a imaginar.

Azkona se quedó callado. Manuel nunca supo si por rabia, deferencia o simplemente (simplemente) por casualidad. Si alguna vez dejó de ser un maestro estricto, resultaba inútil volver sobre lo que había sido y no era ya.

—Y qué, ¿también vas a escribir aquí?

—Ya te he dicho que sí, voy a rizar el rizo ricísimo.

—Ya. ¿Y seguirás con el blog? Los blogs están muertos, luego no digas que tampoco te avisé.

—Resulta difícil convencer a los charlies de que escribir en un blog es hacer algo, así que miento y digo que estoy todo el tiempo escribiendo una novela, que al menos se parece a algo. Pero a escondidas tú y yo ya sabemos que voy a escribir un puto libro de cuentos, un libro cuentísimo, o no, joder, espera, lo que voy a retomar es el plan principal y volverme a la novela, que la gente rara sea mi gente: Salinger, Gaddis, Pynchon, McCarthy.  Y ver pasar el tiempo, y sumar unos textos de interior, y reinventar los microtextos macro.

—Eso ya lo escribiste, supongo que eres consciente…

—¿Insistes en el antefuturo, Mistral? ¿Otra vez?

La situación le resultaba incómoda. Manuel ya había comprobado la noticia con sus propios ojos y tenía suficiente material como para escribir sin pausa una crónica periodística, pero no lograba acertar con la formulación del problema, y formular correctamente el problema era más importante que llegar a su resolución. Se incorporó y puso cara de despedida: los ojos entrecerrados, los hombros entretallados, las manos en los bolsillos. Pero justo en ese momento, Azkona lo agarró del brazo.

—Por cierto, dime quién te avisó. Alguien se fue de la lengua lengua, joder.

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie.

Manuel tiró con todo el cuerpo y se alejó unos pasos hacía atrás. Cuatro pasos y un bucle nuevo. Mentir no era su cualidad principal.

—¿Quién te avisó?

—Germán.

—¿Germán…?

Germán. Soltó la noticia y al instante notó cómo el arrepentimiento le subía desde los pies y ya le cubría por la cintura. Entonces trató de pensar en Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Cuando el arrepentimiento es genuino, la disposición para volver a pecar desaparece. Azkona, por supuesto, seguía en su mundo mundo.

—¿Germán Ynoub…? Madre mía… Germán. Me olvidé.

—¿Te olvidaste?

—Me olvidé, llevo meses para llamarle, a ver si mañana tampoco, sin falta, la intención es un alimento que está riquísimo, como el jamón.

—Ese leísmo también lo escribiste…

—¿Y? Tú dile que mañana le llamo, Mistral. Porque aquí te dejan llamar, ¿no? Y tener Internet, y disparar con temas absurdos sobre los blogs, las bitácoras, los weblogs, y pescar en las redes sociales, y subir fotos de desgracias, y alimentar el amarillismo, y hacer el cabra, porque, hacer el cabra, está bien, ¿no? Cabrearse y publicar textos roñosos… está bien, ¿no?

El silencio anunció la retirada de Manuel y amargó su precipitada marcha. Ni siquiera las enfermeras, que le seguían por el pasillo a trompicones, se atrevieron a decir nada. Azkona, en cambió, sonrió.

—Otro otro. Ya somos tres.

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21 mayo, 2016

Comentarios

Necesitamos un rato. Bueno, el plural es como un abrazo no pedido. Necesito un rato, ese tipo de ratos con una pequeña mesa entre ambos y unas cuantas horas generosas alrededor.

La Unidad de Recaudación Extemporánea revocó mis planes. Yo apelé con una serie de milagros, pero el urdidor confiscó la parte alienante de la primera parte. Una vez recuperado, esos ratos llegarán. Este año, si puede ser.

Muchas gracias por comentar, hoy necesitaba responder. Abrazo.

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