—Vamos a ver, Marcelino: su mujer. Diga algo.

—Mi mujer. Esta de aquí.

—¡Expláyese, hombre!

—Precisamente. Hombre. Una simple expresión regular. Pero no, en eso mi mujer es una lánguida, vive como quien oye llover, se encierra dentro de sí misma y no hay quien le colme el aposento. Podría aplicarle una puntada que no entrañara incomodidad. Podría venirme arriba en vez de bajar al tiento. Podría cambiar de posición con absoluta seguridad. Pero no, mi mujer es una lánguida, doctor. No hay derecho, hombre.

—Bien. Ahora usted, Marciana. Lo mismo.

—Mi marido. Este de aquí.

—No, hombre, su opinión. Diga algo.

—Mi marido es un hombre, doctor, y me tiene cansada.

—Hombre, un hombre, su marido, sí que parece, mujer.

—Jesusito de mi vida… Quería decir: mi marido dice «hombre», doctor, todo el día. «Marci, atranca la puerta, hombre». «Marci, arrímate más, hombre». «Marci, el cigarrito, hombre». Agotadita me tiene.

—Muy bien, Marciana. Lo que se evita y no se reflexiona y acepta, queda por dentro escondido.

—Ya, pero… ¿no serán cosas mías, doctor?

—Hombre…

Martirimonio: La serie

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14 abril, 2016

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